Entrevista Dra. María Dolores Franco Fernández

Entrevista Dra. María Dolores Franco Fernández

María Dolores Franco Fernández es doctora en Medicina y Cirugía y especialista en Psiquiatría. Es profesora titular del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Sevilla e imparte su docencia en la Facultad de Medicina de dicha Universidad. Su actividad asistencial la lleva a cabo en la Unidad de Hospitalización de Salud Mental  del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla. En la actualidad es presidenta de la Sociedad Andaluza de Psiquiatría y secretaria de la Sociedad Española de Psiquiatría Geriátrica.

Doctora Franco nosotros nos conocimos hace ya bastante tiempo cuando hacíamos nuestras tesis doctorales y que las dos estaban relacionadas con el alcohol. ¿cómo surgió este interés , que después ha mantenido a lo largo del tiempo, por los problemas relacionados con el consumo de alcohol?

Debo confesar que mi primer contacto con este campo fue por azar. Había entrado a colaborar con el departamento de Psiquiatría y se me ofreció la oportunidad de una beca de investigación en un proyecto desarrollado por el departamento en el que se evaluaba la eficacia de diferentes tipos de tratamiento en pacientes que habían sido ingresados por presentar trastornos mentales severos (psicosis, delirium…) en el marco de una dependencia al alcohol.

–Digamos que fue mi primer contacto y fue una inmersión. Encontré un campo muy interesante de investigación, una patología clínica compleja y unos pacientes con los que se podía trabajar muy bien.

–Desde entonces hasta ahora ha tratado y ayudado a muchos pacientes alcohólicos. ¿Ha notado algún cambio a lo largo del tiempo, en la presentación del alcoholismo en la clínica?

-Sí y no. La patología mental, en general, es muy sensible a los factores culturales, sociales o familiares y esta aseveración es especialmente manifiesta en el caso de la patología adictiva, incluida la producida por el alcohol.

–Nuestra sociedad ha experimentado importantes cambios sociales, económicos, culturales y en las formas de relacionarse que han influido en los patrones de consumos de alcohol, la prevalencia en los problemas relacionados con el mismo y en las expresiones clínicas de los trastornos mentales por alcohol.

–Por ejemplo, hace cincuenta años, pocos eran los jóvenes que disponían de coches para sus desplazamientos y las muertes por accidentes de tráfico vinculadas a consumos excesivos de alcohol en esta población eran prácticamente anecdóticas, hoy es un problemas que nos preocupa y ocupa a muchos; o por ejemplo, los problemas relacionados con el alcohol que han surgido de novo en nuestra sociedad como consecuencia de las modificaciones de los patrones de consumo y en las actitudes sobre el mismo, como ocurre con los “atracones” de alcohol de los fines de semanas en los más jóvenes.

–Sin embargo, el fenómeno central de la dependencia sigue siendo el mismo y nos seguimos haciendo las mismas preguntas que los primeros clínicos que estudiaron el tema se hicieron ¿qué ocurre en la persona para que el alcohol se convierta en el centro de su vida y sea capaz de desplazar a todo lo demás?

–Y ¿por qué eso le ocurre sólo a unos cuantos? Beber alcohol lo hacemos casi todos, la mayoría lo toma de forma moderada y no le genera problemas ni a nivel personal, ni familiar ni social; sin embargo para algunos se convierte en el eje sobre el que gira todo.

–En multitud de estudios se muestra la dificultad del enfermo alcohólico para acudir a la consulta muy por encima de otras patologías. ¿Por qué cree que ocurre esto?

–La conciencia de enfermedad de estos pacientes es muy escasa. Eso no quiere decir que ellos no experimenten dolor, sufrimiento y angustia. La mayoría se sienten infelices y notan que su funcionamiento y su rendimiento se encuentran perturbados. Además experimentan numerosos conflictos en casi todas las áreas, personal, familiar, laboral, pero no son capaces de relacionar su malestar y sus conflictos con el consumo de alcohol, sino que creen que son sus dificultades las que le hacen infelices.

–Parte del tratamiento es llevar al paciente a relacionar sus dificultades con su consumo y que experimenten que tienen un problema, pero también la solución del mismo. Cuesta, a veces, mucho trabajo que confíen en que van a ser capaces de afrontar sus problemas de la vida cotidiana sin el apoyo que le proporciona el alcohol.

–Es frecuente escuchar que la familia del alcohólico también enferma ¿qué podría decirnos sobre esto?

–No es posible contemplar al sujeto enfermo como un sujeto aislado. El hombre, por su naturaleza, es eminentemente un ser social y cuando enferma también lo hace la sociedad que le rodea. El círculo más cercano es el de la familia, que percibe, recibe y se impacta de la enfermedad de cualquiera de sus miembros. Esto es una verdad aplicable en cualquier patología. Imaginemos, por ejemplo, el caso de un infarto de uno de los padres, que es quien sustenta económicamente a la familia.

–La enfermedad va a tener efecto no sólo emocional sino también económico y social sobre todo y cada uno de los miembros que constituyen la familia. En el caso de la patología mental el impacto es aun mayor y eso incluye el campo de las adicciones. Por eso tenemos que abordar, con frecuencia, a toda la familia si queremos que nuestro programa terapéutico funcione. Todos tienen un importante papel que jugar para lograr la recuperación de uno de sus miembros.

–En la actualidad se está poniendo de moda hablar de patología dual. Incluso se habla de la necesidad de que existan centros dedicados a esta patología dual. ¿Qué piensa sobre esto? ¿Es frecuente la patología dual en alcoholismo?

–Hablamos de patología dual cuando un individuo tiene problemas de abuso o adicción a una sustancia y presenta, además, otro trastorno mental no relacionado con las sustancia. En cierta manera, el propio concepto de patología dual implica que se ha generado una nueva patología, que no es la suma de las dos sino la interacción de ellas.

–La patología dual tiene una clínica, evolución y tratamiento diferente y su pronóstico dependerá de la evolución de cada uno de ellos. Estos casos, bien enfermos con diagnóstico de un trastorno mental que abusan o dependen de alcohol o sustancias o, por el contrario, pacientes con problemas relacionados con el consumo que desarrollan otra patología mental, han existido siempre. Lo que ocurre es que ahora son más frecuentes.

–Se estima que entre el 30-50% de los pacientes con un diagnóstico psiquiátrico van a presentar, a lo largo de su vida, un problemas de abuso o adicción a sustancias y que los trastornos mentales están presentes en el 65-80% de los pacientes que acuden a tratamiento por problemas de adicción. Hay muchas razones que explican este incremento como serían la mayor presencia de alcohol y drogas en nuestra sociedad, la gran accesibilidad y asequibilidad de las mismas y lo difundido de su consumo.

–Incluso hay razones aparentemente paradójicas, como ocurre con las transformaciones ocurridas en los modelos de asistencia psiquiátrica y la mayor eficacia de los tratamientos farmacológicos. Estas dos circunstancias permiten que los pacientes con trastornos mentales graves puedan hacer una vida normal (o al menos casi normal), más integrados en los acontecimientos y demandas cotidianos.

–El estrés que supone padecer un trastorno mental, las dificultades que pueden experimentar, su mayor nivel de autonomía y, en ocasiones, mucho tiempo libre, les puede hacer altamente vulnerables en una sociedad en la que los consumos están muy presentes.

–Además se establece una cierta relación de riesgo entre las dos patología. Parece que la presencia de un trastorno de un tipo hace al sujeto más vulnerable para presentar patología de la otra estirpe. Un paciente con un trastorno mental desarrolla dependencia con más facilidad que un sujeto sin estos antecedentes, y un sujeto con una adicción tiene mayor facilidad para desarrollar otro trastorno mental.

La tolerancia social es muy alta, tanto que a veces se podría pensar que los demás observan al sujeto que no bebe como un bicho raro, como alguien que se aparte de la interacción. Por eso, en la mayoría de la patología dual está el alcohol presente. Además no debemos olvidar que el alcohol es una de las drogas con mayor capacidad para inducir trastornos mentales severos.

–En su experiencia ¿Existe alguna diferencia entre el alcoholismo masculino y el femenino?

–Las diferencias de género están presentes en toda la patología mental, en los cuadros depresivos, en los trastornos ansiosos, en las esquizofrenias y, por supuesto en todas las adicciones. Ni la prevalencia, ni la forma de inicio, ni la forma de expresarse en la clínica son idénticas en los hombres y las mujeres con problemas relacionados con el alcohol.

–Por ejemplo, muchos de los alcoholismos en mujeres llegan a consulta bajo máscaras, como si fueran cuadros ansiosos- depresivos. La mujer refiere malestar psicológico importante y un elevado grado de conflictiva e insatisfacción en sus relaciones más próximas (de pareja, con los hijos, con los padres…) a las que atribuye la causa de su malestar. El consumo de alcohol permanece oculto o, en todo caso, es justificado por su malestar psíquico.

–Uno de los fenómenos más llamativo que estamos observando es el importante incremento en las tasas de consumo de alcohol que se está produciendo entre las mujeres. Hasta hace 30 ó 40 años, la sociedad tenía una doble barrera en relación con su actitud ante el consumo de alcohol por parte de éstas. En una sociedad tan permisiva como la nuestra en relación a beber, no estaba “bien visto” que lo hicieran las mujeres.

–Por otra parte, un estilo de vida más restrictivo por parte de la mayoría de las mujeres, que centraban su actividad y su mundo de relaciones en el marco de la familia, tampoco favorecía el consumo.

–La consecuencia era que mujeres tenían patrones de consumos mucho más moderados que los varones y esta doble barrera favorecía a las mujeres que, por nuestras características fisiológicas, tenemos mayor sensibilidad al alcohol y sufrimos sus efectos tóxicos antes y con menor cantidad de alcohol. Pero eso ha cambiado radicalmente en los últimos treinta años, la mujer se ha incorporado al mundo laboral, se han modificado sus roles y ha emulado, en cierta manera, el patrón masculino de consumo.

–Esto es especialmente observable entre las más jóvenes y la consecuencia es que estamos atendiendo a un mayor número de problemas relacionados con el alcohol en población femenina joven. La igualdad tiene sus ventajas y es un objetivo a reclamar, pero en el tema de los consumos de alcohol no nos beneficia a las mujeres para nada.

–Últimamente, has trabajado mucho en psicogeriatría. ¿Existen muchos problemas de alcohol en geriatría?

–Hay muchos problemas relacionados con el alcohol en la población geriátrica y pueden ser muy graves. Un número importante de ellos son personas que siempre han bebido en cantidades importantes y llegan a la vejez, pero otro número significativo son sujetos que se han iniciado al alcohol de forma muy tardía.

–El alcohol les ofrece algunas “beneficios”: facilita la socialización (lo que, por ejemplo, puede ser muy útil cuando el mayor entra en una residencia), mejora el estado de ánimo, les mejora el apetito y el sueño e incluso se dice que tiene efectos cardiosaludables. Son razones que pueden incitar al consumo, a lo que se le añade un importante número de horas de ocio y, con frecuencia, una vida social en torno al bar.

Pero no se puede olvidar que las personas mayores, por sus cambios fisiológicos, tienen menor tolerancia al alcohol y una mayor sensibilidad a los efectos tóxicos de los mismos. Además, los mayores son pacientes con frecuencia pluripatológicos y polimedicados y las interacciones aumentan los efectos perjudiciales del alcohol.

–El gran problema es que apenas se les reconoce y el diagnóstico es difícil. Con frecuencia no presentan cuadros clínicos típicos y completos, a lo que se le añade una serie de barreras para reconocerlos: las sentimientos de culpa y vergüenza, los prejuicios que podamos tener (“los mayores no beben, es lo único que les queda…”) o que lo que aparezca sea una “máscara” como la ansiedad, el insomnio…, el hecho de sus relaciones sociales sean más limitadas, por lo que no se señalan tanto los problemas o los propios prejuicios de los profesionales.

–Todos son razones que hacen que pasen desapercibidos. Se les priva, pues, de un tratamiento adecuado y de la recuperación. Lo cierto es que, cuando se les pone tratamiento, estos pacientes responden tan bien o incluso mejor que pacientes de edades más jóvenes, ya que se adhieren mejor al tratamiento y tienden a completarlo de forma más eficiente

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Dr. Reina administrator

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